LA PRODUCCIÓN DE CARNE. NECESIDADES PARA UN FUTURO SOSTENIBLE 1era Parte

(Abbruzzini, y otros, 2018)

A medida que los efectos nocivos del cambio climático se han intensificado, el público ha volteado a ver a la carne como la culpable. Cada día más gente aboga por comer menos carne para ayudar a salvar el ambiente y mejorar la salud personal. Algunos movimientos activistas proponen incluso establecer un impuesto para reducir su consumo. El informe “La larga sombra del ganado: problemas ambientales y opciones”, publicado en 2006 por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), atrajo la atención internacional porque en él se afirmaba que la ganadería era responsable del 18 % de los gases con efecto de invernadero (GEI) producidos en todo el planeta y que generaba más GEI que todos los tipos de transporte juntos. Sin embargo, esta última afirmación es errónea, ya que los investigadores del estudio de la FAO analizaron el ciclo de vida para estudiar el impacto climático de la crianza del ganado, y en cambio para el transporte emplearon un método basado únicamente en las emisiones directas. Si bien el error ha sido reconocido por el propio organismo internacional, la persistencia de la idea ha llevado a suposiciones inexactas en relación con el consumo de carne y el cambio climático que, hoy, aún permean en la opinión pública.

La ganadería extensiva es indiscutiblemente la causa principal del cambio en el uso de la tierra y la pérdida de la biodiversidad a escala global, pero la información acerca de su impacto en otros componentes ecosistémicos, como el suelo, es aún contradictoria. Numerosos estudios han demostrado que la ganadería tiene impactos negativos en las reservas de Carbono y los nutrientes del suelo. Sin embargo, también hay estudios en los que no se detectaron cambios negativos significativos. En algunos casos incluso se ha demostrado que la ganadería tiene un impacto positivo en el almacenamiento de Carbono. Ante estos datos, surge un desafío que hay que atender: alcanzar una gestión del sistema productivo tal, que permita conservar la mayor capacidad de resiliencia y garantice la producción de carne con un bajo costo ambiental.

Alimentación, ecosistemas y resiliencia

Los cultivos agrícolas y la ganadería son los principales responsables del cambio en el uso de la tierra y la pérdida de la biodiversidad, del cambio en el clima global, del uso del agua y de la contaminación de ecosistemas terrestres y aguas costeras debido al uso excesivo de fertilizantes con Nitrógeno y con Fósforo. Estos cambios ponen en riesgo la integridad del “Sistema Tierra” si se superan los límites de autorregulación de sus ecosistemas, lo cual, obviamente afectará negativa y drásticamente el bienestar de la humanidad.

Sin embargo, a pesar de que se están degradando los ecosistemas del planeta y se está perdiendo biodiversidad para extender el área de producción de alimentos, el hambre en el mundo sigue aumentado, lo cual es paradójico. El reporte “El Estado de la Seguridad Alimentaria y la Nutrición en el Mundo”, publicado por la FAO en 2018, señala que en 2017 alrededor de 821 millones de personas (es decir, uno de cada nueve adultos en el mundo), y más de 150 millones de niños, sufren retraso del crecimiento por carencia de alimentos. Este reporte pone en duda que se pueda alcanzar el Objetivo del Desarrollo Sostenible (ODS) de erradicar el hambre (Objetivo 2).

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible forman parte de un acuerdo internacional pactado por los estados miembros de las Naciones Unidas para el año 2030.

Ante esta paradójica y compleja problemática, se ha propuesto reducir los impactos ambientales de la producción de alimentos, incluyendo cambios en las dietas, mejoras tecnológicas en los sistemas agropecuarios y reducción de la pérdida de alimentos y desperdicios. Nosotros pensamos que no hay una única forma de resolver el problema del hambre y que la aplicación de las posibles soluciones exige, además, mejorar el conocimiento de la resiliencia de los sistemas agropecuarios, en particular frente a la variabilidad climática a escala global, especialmente en regiones tropicales. Es en estas regiones donde:

  1. Hay una mayor presión para el cambio en el uso de la tierra, como consecuencia de varios factores: una mayor demanda de alimentos debido al crecimiento de la población global, las mejoras económicas en países de economías emergentes y la transferencia de la producción desde el trópico a zonas extra-tropicales.
  2. Se concentran las mayores dificultades para el acceso a insumos como fertilizantes, plaguicidas, cuidado animal, etcétera, y
  3.  La brecha entre el rendimiento obtenido y el esperado es mayor..

El Proyecto Usumacinta

El Instituto de Ecología de la UNAM participa en un proyecto multidisciplinario que contribuye a generar información para la gestión sostenible de los recursos naturales y de los agroecosistemas en la cuenca del río Usumacinta. En este amplio proyecto participan 18 instituciones nacionales y cuatro extranjeras, cuyo objetivo es establecer un modelo de gestión territorial sostenible en la cuenca del río Usumacinta y su zona marina de influencia. Dicho modelo se fundamenta en la adaptación al cambio climático y la disminución de la pérdida de la biodiversidad con acciones a corto, mediano y largo plazo.

Ilustración 1. Deforestación en la cuenca del río Usumacinta entre los años 2000-2014. Fuente: Peralta-Carreta et. al. (2017). Cuaderno Cartográfico – Proyecto CONACYT – FORDECYT 273646, Centro del Cambio Global y la Sustentabilidad A.C. (Permiso otorgado por J.A. Gallardo Cruz

La cuenca del río Usumacinta abarca más de 77 000 km2. De esta superficie, aproximadamente el 43% se localiza en los estados de Chiapas, Tabasco y una mínima parte en Campeche, mientras que el restante, poco más del 56%, transcurre en Guatemala. La porción mexicana de la cuenca concentra la mayor riqueza natural del país y es una de las zonas de mayor biodiversidad del planeta. Por otra parte, la ganadería extensiva es una actividad recurrente en esta región; el 80% del valor de la producción pecuaria en la cuenca se concentra en el ganado bovino, actividad que ocupa el 85% de la superficie mexicana de la cuenca, y constituye una de las principales causas del cambio de uso de la tierra.

El cambio severo en el uso del suelo y la fragmentación de la vegetación nativa en la cuenca del Usumacinta han causado la pérdida de más de la mitad de la superficie forestal en algunos estados, como es el caso de Chiapas. Según el inventario estatal de gases de efecto invernadero, el cambio de uso del suelo y las prácticas agropecuarias son responsables del 77% de las emisiones totales del estado, y la mayor parte de esas emisiones se atribuyen a las actividades ganaderas. Por ejemplo, Tabasco, durante el período de 1968 a 2000, perdió 124, 508 hectáreas de selva y otras 912, 942 de humedales debido al crecimiento de la superficie ganadera.

Ante las crecientes amenazas para la conservación de la biodiversidad en la cuenca del río Usumacinta, se vuelve imprescindible buscar alternativas que conviertan los sistemas ganaderos extensivos en sistemas multifuncionales, es decir, que se conviertan en agroecosistemas, y con ello ofrezcan una mayor variedad de oportunidades para el desarrollo sostenible de las comunidades locales.

Referencias:

Abbruzzini, T. F., Salazar Cabrera, U., Enrique, S., Zerquera Balbuena, G., Carabias, J., & Ocampo, J. (2018). Oikos UNAM. Obtenido de LA PRODUCCIÓN DE CARNE: NECESIDADES PARA UN FUTURO SOSTENIBLE: http://web.ecologia.unam.mx/oikos3.0/index.php/todos-los-numeros/486-produccion-de-carne

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